Política medioambiental en el DF
Juan José
Huerta
16 de octubre
2015
Con gran aparato publicitario, como es su objetivo
presidencialista, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel
Mancera, realizó del 8 al 10 de octubre una gira de trabajo a Washington para
participar en diversos foros internacionales relacionados con la sustentabilidad
medioambiental, entre ellos el titulado “El reto de las megaciudades”,
organizado por el Consejo Atlántico de esa ciudad, y luego el panel
"Nuestras ciudades, nuestro clima", organizado por el Departamento de
Estado y organizaciones filantrópicas estadounidenses. Sostuvo también, en la
Casa Blanca, una reunión de trabajo sobre esos temas con miembros del staff del
Vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.
Aunque reconociendo las dificultades para hacerlo
en una capital que “creció de manera desordenada” y que tiene 5 millones de
vehículos, el jefe de gobierno del DF presumió en esos encuentros los modestos programas
establecidos en esta capital para combatir la contaminación ambiental; mencionó
en particular el sistema Ecobici que cuenta con 6 mil 500 bicicletas, las
líneas del Metrobús y las intenciones de
sustituir entre 12 y 15 mil vehículos de transporte público contaminantes.
No pudo decir más porque realmente la ciudad de
México y su gobierno andan muy fallos en esta materia de sustentabilidad
medioambiental, como lo muestran unos cuantos ejemplos.
Para empezar, el proyecto de sustitución de vehículos
de transporte público contaminantes está demostrando ampliamente que en la
ciudad de México del dicho al hecho hay mucho trecho, ya que a pesar del largo tiempo
transcurrido desde su anuncio sigue siendo altísima la proporción de autobuses
y microbuses en evidente mal estado de operación que siguen circulando
anárquicamente por toda la ciudad sin ser reemplazados, contaminando sin freno
el aire.
Anárquicamente, si, pues ni siquiera se pone en
ejecución una medida administrativa mucho más simple pero que mitigaría
sensiblemente la contaminación atmosférica y de otro tipo causada por el
transporte público en esta capital: que todos esos vehículos respetaran las
paradas establecidas para subir y bajar pasaje, y no que lo sigan haciendo como
actualmente, parando donde se le antoja o se le hace más fácil al pasajero o al
chofer. Con esta práctica todos salimos perdiendo: el vehículo tiene que frenar
y arrancar muchas más veces, con mayor gasto de combustible, mayor desgaste de
la máquina, más contaminación al ambiente, aumento en el tiempo de traslado y
en el esfuerzo físico del propio chofer. Lo que se ganaría es mucho haciendo
respetar las paradas establecidas. Y también que no hicieran “base”, o
terminal, donde se les ocurre frecuentemente en las avenidas de mayor circulación
en sus rutas.
Agréguese al desorden de las paradas al gusto la
continuación de otro serio problema muy característico de esta ciudad: los
“topes”. Y aquí me cito yo mismo, de un artículo periodístico de hace algunos
años (“Los topes, en la vida urbana y nacional”, La Crónica,
7 de enero 2008): “Calles, avenidas, autopistas se construyen con grandes
esfuerzos para facilitar el transporte, el tránsito de vehículos, y, ¿qué
pasa?: de inmediato cada quien busca utilizar la obra para su ventaja: el
automovilista para acelerar indiscriminadamente y el residente a poner
obstáculos para evitar ese abuso, o muchas veces por simple reflejo
condicionado: 100 topes por colonia, peligrosísimos topes en carreteras y aun en
autopistas; topes combinados con semáforo que marca el alto, topes que son
zanjas, ¡topes aun en calles empedradas! Consecuencias: desgaste mayor y
descompostura de vehículos, accidentes, mayor consumo de gasolina,
contaminación aumentada por tantas paradas y arranques (éstos, “generan emisiones
de gases llamados de alto-arranque múltiple”, dice René Drucker), sufrimiento
de nuestras respectivas columnas vertebrales; y no es broma, en breve tiempo
será cada vez mayor la proporción de choferes o viajeros que presenten algún
tipo de compresión en los discos de la columna vertebral.
También ya hace bastante tiempo que el Jefe de
Gobierno Miguel Ángel Mancera ofreció una solución respecto a estos estorbos
universales en la ciudad, pero el tiempo pasa y los topes se siguen
multiplicando impunemente.
Y no detallemos aquí otras graves manifestaciones
de la falta de una política urbana eficaz y sustentable en la ciudad de México:
por un lado, la activa proliferación de baches en las calles: hoyos grandes y
chicos y coladeras sin tapa, peligros diarios para vehículos y transeúntes. Por
el otro el que la ciudad esté estancada con el manejo muy poco técnico del
flujo de tránsito de 5 millones de vehículos. Por supuesto, todas estas áreas
serían un magnífico campo de aplicación, sin tanto gasto, de una política
urbana apropiada.
Que tampoco aplica en cuanto a basura, desechos
sólidos, líquidos y gaseosos. Muchas veces, al realizar nuestras actividades
diarias, reflexionamos sobre las mejores maneras que tendríamos de disponer
adecuadamente de la basura que producimos, con el objetivo de causar el menor
daño al medio ambiente en el largo plazo. Pero falta mucho todavía para que
esas reflexiones lógicas se conviertan en lineamientos generales que toda la
gente conozca bien y los lleve a cabo regularmente. Y lo mismo para que las
autoridades responsables hagan la importante parte que al respecto les
corresponde en el desarrollo de la infraestructura necesaria para su observancia.
De entrada, separar bien los desechos de acuerdo a
su tipo: los sólidos separados en a) orgánicos, b) plásticos, c) papeles y
cartones, d) vidrios y cristales, d) desechos metálicos. Esto no siempre es
fácil, pues muchas veces se encuentran unidos: los alimentos (orgánicos) con
sus envolturas plásticas o de papel, o con recipientes de vidrio o metálicos.
Periódicos, revistas o documentos con grapas, alambres o broches de archivo de
metal. Se nos hace fácil el tirar los aceites y grasas líquidas a los caños o
drenajes; y lo mismo las pinturas o los solventes con que se lavan brochas y
utensilios al pintar casas; o los aceites que se cambian a motores de coches.
Así contaminamos fuertemente las aguas de los drenajes o de los arroyos y ríos.
Si no es que los terrenos baldíos en los que los tiramos.
En cuanto a los desechos gaseosos, además de los
producidos por los vehículos de combustión interna como los coches y autobuses,
hay otras muchas fuentes: estufas y calentadores en cocinas y baños de casas y
negocios, ya sea alimentados con gas, petróleo, leña o carbón; los polvos que
se levantan al barrer calles, jardines, casas; al pintar con pistolas de aire.
Esencial es también, por supuesto, que el gobierno
de la ciudad opere amplia y eficazmente los controles adecuados para la
disposición sustentable de los desechos de manufacturas, operaciones fabriles,
agrícolas y de servicios de todo tipo, evitando el tan común y dañino manejo
inescrupuloso por sus operadores o dueños. Que tampoco arroje el problema a otras
localidades aledañas a la ciudad, al localizar en ellas sus basureros y plantas
de acopio o reciclamiento.
Abastecimiento del agua y su uso eficiente. La
ciudad de México, a una altura de más de 2 200 metros sobre el nivel del mar
tiene una precipitación pluvial que por siglos fue suficiente para alimentar
mantos subterráneos y lagos superficiales que satisfacían las necesidades de
consumo humano y animal durante todo el año y la conservación del verde del
Valle de México. El crecimiento demográfico en esta área y las políticas
erróneas que lo han acompañado, como el disecado artificial de los lagos, la
sobreexplotación de los mantos freáticos, el cegado indiscriminado de las
superficies para alimentarlos, y notables fallas en el ahorro del vital líquido,
llevaron a la necesidad de traer el agua de fuentes lejanas para satisfacer las
necesidades de la metrópoli, primero el Río Lerma y luego el Cutzamala, que de
todas maneras no dejan de ser soluciones temporales.
Con el agravante de que esas políticas, irracionales
como son, se continúan aun en esta era en que ya se conocen sus perniciosos
efectos, lo que está poniendo a la capital y a sus habitantes en un grave riesgo
de abastecimiento del precioso líquido. Se están dejando muy atrás las
soluciones sustentables: promover el ahorro y uso eficiente del agua a todos
los niveles, en casas, fábricas y empresas de todo tipo, usar menos agua para
cada necesidad, no contaminarla al exceso innecesariamente, reciclarla en todo
lo posible localmente. Usar todos los medios a la disposición para aprovechar
el agua de lluvia que en muy buenas cantidades cae en la ciudad.
Como es lógico, en todas estas acciones es esencial
la función primordial del gobierno de la ciudad en sentar las bases y los
procedimientos para orientar las acciones de todos, y en realizar oportunamente
el adecuado diseño, la construcción y operación de los proyectos de
infraestructura pública indispensables para conseguir los objetivos del mejor
aprovechamiento del agua en este Valle de México: estaciones de aprovechamiento
del agua de lluvia, drenajes adecuados, plantas de tratamiento de sus aguas de
desecho.
¿Está la política urbana aplicada en la ciudad de
México en materia de sustentabilidad a la altura de los enormes retos que se
presentan? Difícilmente con el limitado enfoque actual en su análisis, su
descuido de los aspectos técnicos de avanzada de la política urbana, y la
modalidad de la privatización de estas funciones de gobierno, que el GDF está
poniendo tan de moda al concesionarlas a particulares en magnoproyectos de
miles de millones de pesos que abarcan desde su diseño, su operación y
mantenimiento a largo plazo. Un ejemplo clásico de esto será la locura
medioambiental, centralista y financiera del nuevo aeropuerto internacional de
la ciudad de México, que contra todo buen criterio se está empujando adelante
por el gobierno federal y el de esta capital.
No es tarea sencilla dotar al DF de
infraestructura, dice el Jefe de gobierno Miguel Ángel Mancera. Claro que no,
pero menos aún si los recursos financieros y técnicos muy escasos a la
disposición del gobierno del Distrito Federal se dedican en amplísimas
proporciones a políticas populistas, que llaman de desarrollo del “capital
social”, tarea que en el fondo correspondería a las propias empresas privadas
que hacen muy redituables negocios en la ciudad y que debieran pagar a sus
trabajadores salarios dignos y prestaciones adecuadas, en tanto que al gobierno
del Distrito Federal sólo correspondería aplicar una tarea subsidiaria auxiliar
en las fallas de la política laboral.
Y, claro, menos se puede ahora cuando grandes
recursos presupuestales, incluida una gran propaganda oficial, se aplican a
atraer votantes a favor del Jefe de Gobierno para las elecciones presidenciales
del 2018.