martes, 25 de agosto de 2015

Voy derecho y no me quito


Voy derecho y no me quito

Juan José Huerta

La Bolsa Mexicana de Valores se desploma, el peso sigue su devaluación acelerada, se encarecen las importaciones y los intereses de la deuda externa, el precio de la mezcla del petróleo exportado llega a niveles mínimos de menos de 34 dólares el barril; hemos perdido la autosuficiencia alimentaria pues importamos 20 millones de toneladas de granos alimenticios. Pero esta grave coyuntura económica por la que atraviesa nuestro país no está teniendo la reacción de política pública eficaz y urgente que se requiere, y que amplios sectores de la sociedad mexicana, inclusive las grandes asociaciones empresariales, como la Canacintra, la Concamín y la Coparmex, ya están reclamando, dados los perniciosos efectos del estancamiento y la crisis económica sobre los ya de por sí inaceptables niveles de pobreza, desigualdad económica y social e inseguridad prevalecientes actualmente en México. Estas organizaciones empresariales abogan, justamente, por una política económica expansionista, ¡¡algo no antes visto!!



Pero, ¿qué es lo que es lo que argumenta el secretario de Hacienda Luis Videgaray con adornados datos y medias verdades que ocultan la triste realidad? Basado en la cifra disponible del segundo trimestre del año, afirma que la economía mexicana está creciendo más que el año pasado, para concluir triunfantemente “porque el mercado interno, y esto es algo muy importante, el mercado interno está teniendo un mejor desempeño de lo que los analistas proyectaban… porque está creciendo el empleo, porque están creciendo los salarios reales, y algo muy importante, tenemos la inflación más baja en décadas, desde 1967 no teníamos una inflación tan baja como la que se ha visto este año ¿Y eso a quién beneficia? Eso beneficia al bolsillo de las familias mexicanas”. Pero no parece haber mucha convicción en esas afirmaciones, pues el secretario Videgaray ha tenido que reconocer las dificultades que se visualizan en el paquete económico para el 2016, cuyo proyecto está por presentar a los diputados: "la estimación que habremos de presentarles a ustedes en el paquete económico no la hemos determinado todavía, pero como hemos puesto ahí, hay una presión evidente hacia un menor crecimiento". Seguiremos pues con el estancamiento de las últimas décadas, digo yo.



El propio presidente Enrique Peña Nieto había hecho unos días antes una polémica declaración en el sentido de que “la depreciación del peso frente al dólar genera cierto escozor entre la gente, pero también es positiva, pues da al país condiciones de mayor competitividad, lo hace más atractivo y promueve el turismo”. Con la misma optimista visión, y contra los datos duros de la realidad y las percepciones de una amplia mayoría de mexicanos, anticipó la confianza de Videgaray, al decir que “las cifras muestran que se ha incrementado el empleo, la inflación es de las más bajas y el consumo interno ha aumentado”, con lo cual “México es de los países que han salido mejor librados del difícil entorno económico mundial”.



La mayor competitividad argüida es simplemente el abaratamiento de las remuneraciones a los factores internos de la producción, porque a los compradores extranjeros le salen más baratos los productos mexicanos que adquieren, dada la fuerte devaluación del peso, que a ritmo anual ya se eleva a un 30 por ciento, devaluación que no logran parar las masivas subastas de dólares por parte del Banco de México, que en 3 semanas llegan ya a más de 5000 millones de dólares. Es decir, si la devaluación promueve las exportaciones es porque los productos que se exportan se venden más baratos en proporción a la depreciación de la moneda nacional.



De esta suerte, si de por sí ya está en México muy castigada la remuneración del factor trabajo, la devaluación agudiza el castigo a los salarios, pues también salen más caros los muchísimos productos de consumo que importamos, o sus insumos o partes o piezas, pues así lo determina la política neoliberal imperante y la falta de una política industrial que fomente el abastecimiento por empresas del país de productos hechos en México, con el fin de estimular el empleo y el mercado interno. Se ha preferido que sea “el mercado libre” el que logre esos objetivos, cuando se ha demostrado ampliamente, a nivel internacional, que lo que provoca esa política es el crecimiento…de la desigualdad.



Hay una gran baja en el precio internacional del petróleo… pero aquí ya habíamos escogido la peor combinación en el cuidado de esa importante industria: por un lado, no se mantuvo el nivel de producción de petróleo crudo, que bajo de 3.3 millones de barriles diarios en 2003 a 2.262 mbd en 2015; por el otro, desalentamos la transformación del petróleo crudo en gasolinas y otros productos con mucho mayor valor agregado nacional, y ahora el sector energético lo estamos rematando al extranjero. Claro, el secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, asegura que la caída en los precios internacionales del petróleo no pone en riesgo la reforma energética, ¡facilita el remate¡



Se afirma que aumentó el empleo en México, contra todas las evidencias reales del altísimo grado de desempleo y subempleo prevalecientes y de la problemática en que al respecto se encuentra México. Los funcionarios optimistas aducen que aumenta la ocupación con base en cifras del ligero incremento en la tasa de empleo formal, con los esfuerzos recientes de incorporación a la formalidad de una pequeña proporción de la gran masa de trabajadores informales, que llega a 29.1 millones de personas casi un 60% de los trabajadores ocupados. Se ve pues que el gran desempleo global sigue prevaleciendo en México.



Algo del alza de precios que se visualiza por importación de productos más caros dada la devaluación del peso será absorbida por las empresas importadoras, pero no lo principal, pues los consumidores no tendrán mecanismos de negociación para evitar precios más caros de los productos que consuman. Además, claro, que hay que esperar el impacto señalado en los aumentos de precios y costos por un dólar más caro, no tan sólo en la compra de productos extranjeros, sino en muchos otros rubros, por ejemplo, el pago de intereses de las deudas públicas y privadas contratadas en otros países. Tan sólo en el primer semestre de este año aumentó en 17.27 por ciento el pago de intereses de la deuda externa del gobierno federal respecto al mismo período del año pasado. Y falta el trancazo de la devaluación del peso en este semestre.



Pero se arguye también que la inflación es la más baja desde 1967. Aquí hay dudas válidas de muchas jefas de familia que van al mercado y experimentan los sensibles aumentos de precio de muchos productos y servicios de la canasta básica: ¿está bien calculado el índice de inflación? Sí, el INEGI está haciendo un gran servicio al país al señalar los graves niveles de desigualdad y de pobreza en México, pero ¿no habría que revisar ya su cálculo de los bajos niveles  de inflación que reporta?



Vale la pena comentar que el único alto funcionario federal que medio advirtió sobre el riesgo de una burbuja inflacionaria en lo que resta del año fue el secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida, quien también expresó que “ante ese escenario, el 2016 va a ser un año difícil económicamente”, aunque señaló igualmente que “el país cuenta con reservas internacionales sólidas, una plataforma exportadora y medidas tomadas desde febrero de este año en el ámbito de fortalecer el salario mínimo, a fin de fortalecer el mercado interno”. Días antes, el director del Banco de México, Agustín Carstens, había destacado el estancamiento en que se encuentra la economía mexicana, al anunciar que Banxico redujo por cuarta ocasión consecutiva la previsión sobre el crecimiento la economía para 2015, en un rango de 1.7 a 2.5 por ciento, medio punto porcentual menos de su pronóstico previo. Anunció también que había la posibilidad de que el Banco de México incrementara su tasa de interés de referencia, actualmente en 3 por ciento anual, si la devaluación del peso afectase al alza las expectativas de inflación.



Todos los efectos negativos del entorno económico internacional se agudizan por la política y estrategia económicas del gobierno federal, que se insiste en no modificar, de continuar la  dependencia de la economía mexicana de las fuerzas del exterior, con base en los supuestos beneficios de un “libre mercado”, dominado obviamente por superlativas fuerzas económicas internacionales. Es increíble la insistencia con que se trata de presentar a México como un destino seguro y atractivo para el capital externo, apelando excesivamente a la enajenación creciente de los activos nacionales en favor de las inversiones extranjeras… que obviamente siempre tienen que ganar… aumentando su participación en la estructura económica del país pero con los recursos aquí generados. Por supuesto, México no puede ni debe estar aislado de las corrientes económicas internacionales, en este mundo globalizado y al lado de la mayor potencia económica del planeta. Pero ello no obliga a que el país se deshaga de todos los medios y procedimientos de defensa que el propio sistema admite, ni que sigamos con obnubilación un modelo y una estrategia de desarrollo claramente en contra de los principales intereses nacionales.



Se requiere establecer ya, una política de fomento al esfuerzo nacional, que impulse la generación de recursos públicos y privados para dinamizar las fuerzas internas del trabajo y del capital nacional, de la ciencia y la tecnología generadas en el país, del apoyo al desarrollo del campo mexicano, la transformación interna de las materias primas que producimos; la mayor valoración de la fuerza de trabajo mexicana, de la potencialidad nacional de comunidades, de ciudadanos, asegurándoles un trabajo digno, su salud, su educación.



¿Y de dónde va a sacar el gobierno los fondos para el estímulo a todos estos factores del esfuerzo nacional? De la infinidad de fuentes de gasto superfluo o improductivo que persisten en el presupuesto nacional: propaganda de todo tipo, proyectos elefantiásicos y redundantes, incluso de infraestructura, que en muchos casos son medios para desviar recursos públicos de mejores fines. ¿No hubiera mucho más conveniente al interés nacional que la “reducción enorme de los ingresos petroleros” (Videgaray dixit) se hubiera compensado con una cobertura o seguro petrolero financiado por un Fondo de Estabilización mantenido en México con suficientes recursos para cubrir las eventuales bajas de precios del crudo? De esta forma, las primas del seguro, de decenas de miles de millones de pesos, hubieran quedado en poder nacional.



En fin, medidas de una mayor eficiencia de gestión y, por supuesto, de esfuerzos más serios para eliminar las múltiples facetas de la corrupción, el mal uso de los fondos públicos y los conflictos de intereses.


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