Ponencia al Debate sobre la Reforma Energética organizado por el Senado de la República.
23 de mayo 2008
Una verdadera reforma energética en México, con una visión a largo plazo, estratégica, no podrá alcanzarse sin poner en vigor, cuanto antes mejor, un Programa Nacional de Ahorro de Energía. Como va siendo cada vez más evidente, en un mundo en que cuesta mayor trabajo aprovechar los recursos naturales y en el que se manifiesta un deterioro creciente del medio ambiente, es imprescindible utilizar la energía de manera mucho más eficiente.
Ahorro de energía significa “utilizar la energía más inteligentemente”, como se ha definido en la Unión Europea, es decir, economizar en el consumo de energía, gastar menos energéticos para obtener los mismos resultados en iluminación, calefacción, transporte de personas y carga, operación de maquinaria y equipo, y hasta en la misma producción de energía.
Pero me parece que en este debate convocado por el Senado de la República no se está destacando el aspecto importantísimo de la eficiencia energética. Si, el Partido Verde presentó al inicio del debate la iniciativa que el 24 de abril habían introducido en el Congreso los legisladores ecologistas, pero que se concentra en el aprovechamiento de las fuentes renovables de energía más que en el ahorro de la misma. Es fundamental que no se olvide este último aspecto.
Es más, Independientemente de si el debate sobre la reforma petrolera llega o no a resultados concretos, el ahorro de energía en México es una necesidad insoslayable cuando el precio por barril de petróleo alcanza ya en el mercado internacional los 135 dólares, con serios efectos sobre la economía mundial, y sin contar con las imprevisibles consecuencias si se llega a un precio de 200 dólares por barril, como ya están calculando algunos expertos.
Científicos y académicos mexicanos sí están dedicados al tema; igualmente, en algunos sectores productivos también se hacen esfuerzos de ahorro energético; Sin embargo, lo anterior no parece permear todavía suficientemente hacia las arduas discusiones actuales sobre la reforma energética.
Los números involucrados son de gran magnitud: “Es posible reducir en treinta por ciento el consumo energético nacional en las próximas dos décadas”[1], lo que estimo equivaldría a un 44 por ciento de la producción actual de petróleo crudo. Si además se lograra combinar el ahorro energético con una utilización creciente de energías renovables --solar, eólica, biomasa, de las mareas, la misma nuclear --como también recomiendan los científicos mexicanos-- se reduciría en una proporción aún mayor la presión de la demanda sobre el sector energético petrolero, que ahora aporta el 90 por ciento de la producción de energía primaria en el país (la hidroenergía, 2.7 %; carbón, 2.1 %; nuclear, 1.1 %), con todos los efectos favorables que ello tendría en la gestión y administración de Pemex y en el balance presupuestario del gobierno federal.
Por supuesto, los porcentajes amplios de ahorro de energía que es posible lograr, tendrían un efecto muy positivo en los esfuerzos para cumplir el objetivo de reducir significativamente las emisiones de carbono a la atmósfera y combatir el cambio climático, donde el gobierno de México ha tomado un papel muy activo con su propuesta de creación de un fondo internacional, el “Fondo Verde”, de 10 mil millones de dólares.
El ahorro de energía es una alternativa deseable al uso de biocombustibles, ahora que se constata que éstos, si son producidos a partir de cultivos alimentarios, como el maíz, incrementan los precios y abastecimiento de esos alimentos, o, si se producen a partir de especies vegetales “invasivas”, pastos y yerbas, podrían causar indeseables consecuencias ecológicas o económicas.
¿Es dable alcanzar tan ambiciosos objetivos? Me parece que sí, pero, como argumentan los expertos, se requerirían acciones que abarcan a todo el espectro social, desde las decisiones de gobierno, los esfuerzos de las empresas por hacer más eficiente su producción en términos de energía utilizada, los científicos en encontrar las maneras, métodos y aparatos para hacerlo, hasta la conciencia de la gente, orientada en mucho por una educación mucho mayor sobre eficiencia y ahorro energéticos.
Y no es cuestión de descubrir el hilo negro; desde la crisis petrolera de 1973, varios países realizaron trabajos muy serios de ahorro energético, que una subsiguiente etapa de petrolíferos relativamente baratos aminoró, pero que ahora se están retomando aceleradamente.
En México existen, en el papel, algunos referentes; por ejemplo, el Programa Sectorial de Energía 2007–2012 contiene objetivos, estrategias y líneas de acción orientados a:
“Promover el uso y producción eficientes de la energía”;
“Proponer políticas y mecanismos financieros para acelerar la adopción de tecnologías energéticamente eficientes por parte de los sectores público y privado”;
“Ampliar las acciones coordinadas entre los sectores público, social y privado, para el fomento del uso eficiente de la energía entre la población”;
“Impulsar la reducción del consumo de energía en el sector residencial y de edificaciones”.
Sin embargo, está faltando un mucho mayor énfasis en la acción pública para promover y conseguir estas metas. Está faltando un Programa Nacional de Ahorro de Energía que canalice mayores recursos financieros, administrativos y tecnológicos a estas tareas, que coordine políticas públicas, privadas y del sector social con dichos propósitos. Muy importante es que se involucre fuertemente a toda la población en el esfuerzo de eficiencia energética, mediante campañas exhaustivas de educación, de información y de acceso a los medios e instrumentos para conseguir el mayor ahorro en el uso de la energía.
Todo ello implica medidas concreta de política y es aquí donde entra la reforma energética, para aplicarlas debidamente en los diferentes segmentos del consumo de energéticos, del cual 42.5 por ciento corresponde al transporte, 28.6% al sector industrial, 19.2% al residencial, comercial y público, 4.3% a petroquímica de Petróleos Mexicanos, 2.8% al sector agropecuario, y 2.6 por ciento a otras ramas económicas[2].
Pero estamos muy fallos en la promoción de la eficiencia energética en el sector transporte, con un subsidio extraordinario del gobierno federal, que en el primer trimestre de 2008 se eleva a 55 mil millones de pesos. Muy recientemente se está dando nuevo impulso al transporte masivo urbano y suburbano en algunas partes del país, incluida esta capital, pero falta todavía mucho por hacer en este rubro. Está claro así que se requieren acciones especiales para transformar en uno más eficiente el modelo de transporte, que –sin visiones fundamentalistas de limitar el automóvil particular-- sí dé prioridad al desarrollo del transporte colectivo de personas, seguro y de buena calidad, al mismo tiempo que promueva mayor eficiencia en el transporte de carga, por ejemplo, con mayor utilización del ferrocarril, o los barcos de cabotaje en nuestros 11 mil kilómetros de costas.
En las ciudades, también, es necesario reducir al mínimo posible la movilidad de las personas entre sus viviendas y sus trabajos o centros de estudio, que no es precisamente lo que se lleva a cabo actualmente, pues se da una política de vivienda, que utiliza precios muy bajos del suelo en zonas muy alejadas para construir casas relativamente baratas, por lo que se han multiplicado los viajes de largas distancias del hogar al trabajo o lugares de estudio.
Otro aspecto muy importante es el ahorro y uso eficiente de la energía en los propios hogares. Las posibilidades de ahorro energético con un mejor diseño de aparatos para el hogar y máquinas industriales son amplísimas[3].
Habrá que profundizar los esfuerzos ya establecidos. Por ejemplo, fortalecer el Fideicomiso para el Ahorro de Energía Eléctrica (FIDE), un organismo público vigente, con objetivos muy concretos en el uso eficiente de la energía eléctrica, entre ellos: un programa de apoyo financiero para ahorrar electricidad en las casas; apoyo técnico y financiero para los mismos fines en la industria; reemplazo a gran escala de focos eléctricos convencionales por otros más eficientes; eficiencia energética para mejorar los sistemas de alumbrado, bombeo y servicios en municipios del país; programa piloto para la construcción de vivienda social sustentable; programas de incentivos para la eficiencia energética en lámparas, aire acondicionado, refrigeración motores eléctricos, iluminación comercial y de edificios.
Y existen experiencias internacionales muy importantes que aprovechar. Recientemente se ha destacado que México es “socio estratégico” de la Unión Europea. Bueno, pues en el ahorro de energía se tiene un campo amplio para desarrollar la cooperación bilateral con Europa.
El año pasado, la UE se decidió por una política integral en materia de energía y medio ambiente, con objetivos precisos para economizar energía y reducir la utilización de combustibles fósiles. Así, en una estructura económica ya bastante desarrollada, en donde es, por lo tanto, más difícil conseguir ahorros marginales de energía, la Comisión Europea adoptó un “Plan de Acción para la Eficacia Energética 2007-2012”, que entre sus objetivos tiene el de “suscitar y reforzar un comportamiento racional respecto al consumo de energía”, y que fija metas para reducir el consumo energético en 20% de aquí al año 2020 (a la vez que aumentar la proporción de energías renovables en el consumo, incluidos los biocombustibles, “a condición de que se disponga de biocarburantes de segunda generación que no provengan de cultivos alimentarios”). Con visión, proyectan también pasar a una “economía fundada sobre el hidrógeno”.
México necesita con urgencia también un Programa Nacional de Ahorro de Energía, y las experiencias y tecnologías disponibles en la cooperación internacional, por ejemplo de la Unión Europea, deberían ser promovidas. Además de en el sector residencial e industrial, atención especial hay que dar a la eficiencia energética en el sector de los transportes, con énfasis en el transporte público urbano e interurbano, el transporte ferroviario, sustitución de vehículos ineficientes, con responsabilidad especial en el sector gobierno, normas más estrictas en el consumo de combustible por kilómetro y por carga, mejorar los neumáticos de los vehículos para una menor resistencia al rodaje, transporte alternativos no motorizados.
Otra área importante de ahorro es reducir el desperdicio y las pérdidas en la propia producción y transporte de energía.
¡Ah, y la educación y la información! Programas específicos en las escuelas, en los medios de comunicación, en lugar de la propaganda gubernamental tan superflua, para sensibilizar a la gente sobre la cada vez mayor importancia que adquiere en el mundo la eficacia en el uso de energía.
Por todo ello, espero que el tema de la utilización inteligente de energía tome el lugar prioritario que le corresponde en este debate senatorial, pero sobre todo como programa de gobierno urgente.
[1] Según el experto Manuel Martínez Fernández” (Premio Nacional de Energía Renovable 2005)
[2] Claudio A. Estrada, director del Centro de Investigación en Energía de la UNAM, al participar en el Foro Universitario Perspectivas Energéticas de México en los Próximos 10 años, realizado en abril de 2007.
[3] En octubre de 2007 fue presentada una interesante “Guía Metodológica para el uso de tecnologías ahorradoras de energía y agua en las viviendas de interés social en México”, elaborada por el Instituto Nacional de Ecología, con la asesoría del experto del Instituto de Ingeniería de la UNAM David Morillón, y de otras instituciones.
domingo, 25 de mayo de 2008
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