La Crónica. Viernes 20 de junio de 2008
Las difíciles circunstancias en que el presidente Calderón asumió su mandato lo obligaban, es cierto, a tomar una posición protagónica en la vida nacional para hacer a un lado el desafío extralegal de López Obrador y para convencer a los seguidores de buena fe de éste que el bien común exige el respeto al sistema institucional que nos rige, aunque diste de ser perfecto.
Pues sí, por eso Calderón ha estado impaciente y muy movido en su gobierno; en el último mes y medio habrá intervenido en unas cuarenta ceremonias públicas, con sus respectivos discursos, sin contar sus encuentros en viajes internacionales, y este es el ritmo de presencia pública que ha mantenido por todos los rincones del país desde el poco más de año y medio de su toma de posesión.
Sin embargo, ¿no habría llegado el momento para el presidente Calderón de hacer un alto de reflexión, de no participar tanto en actos y ceremonias, donde convendría mejor que fuera representado por algún subalterno, lo que le permitiría hablar menos e involucrarse así en menor medida en la lucha política del día a día, para dedicar más tiempo al control de la gobernabilidad y la administración con visión eficiente de mediano plazo, a preparar los acuerdos políticos dentro del PAN y con otros partidos y a pensar en los cambios necesarios a su equipo de colaboradores, que parecen urgentes?
No es que haya logrado poco en este año y medio. No, la crispación de julio de 2006 y la secuela conocida de eventos del movimiento de López Obrador se han visto superados casi en definitiva como desafío institucional, a lo que han ayudado en mucho, hay que decirlo, los excesos verbales y la falta de juicio y cálculo político de largo plazo del propio caudillo. Finalmente el IFE, ¡hasta cuándo! decidió que llamar a López Obrador “presidente legítimo” en la propaganda del Frente Amplio Progresista viola la Constitución, denigra las instituciones y confunde a los ciudadanos. Se acaba la farsa.
En materia de diálogo político y gobierno llama mucho la atención, por supuesto, el que la iniciativa parece estar siempre del lado de AMLO, y el ejemplo más reciente es que el debate petrolero en el Senado y las “consultas públicas” sobre el asunto, derivaron de la acción de aquél y marginaron de hecho la discusión de la iniciativa petrolera de Calderón. Como quiera que sea, el tema de la reforma petrolera como tal se está discutiendo, y hasta se abordan aspectos de una verdadera reforma energética, y es muy probable que, con todas las modificaciones que se introduzcan, el Congreso apruebe al final modificaciones a la legislación y a la gestión petrolera que, incrementalmente, sean mejores que la situación actual. Igual ha ido sucediendo con los ajustes legales en otras áreas: ISSSTE, la reforma constitucional en materia de justicia penal y seguridad pública, la reforma fiscal; ni hablar, ese es el estilo en que el gobierno y la sociedad entera de nuestro país resuelven los problemas, poco a poco, incrementalmente, “a la mexicana”. Igualmente, nuestra economía ha podido manejar aceptablemente en el período de Calderón, y hasta el momento, la baja en la actividad económica de Estados Unidos, que siempre tiene un fuerte efecto en México. Ha ayudado, claro, la fuerte alza del precio promedio de las exportaciones de petróleo crudo, pero lo real es que se mantienen los equilibrios básicos de la economía y se resisten bien, todavía, otros choques externos, como el alza en el precio de los alimentos. No cabe duda que hace falta activar el paso, pues, por ejemplo, el Programa Nacional de Infraestructura, orientado a contrarrestar la desaceleración económica, que debería gastar en el año 353 mil millones de pesos, tuvo en el primer trimestre, por problemas de gestión y sobre regulación, un subejercicio de 89%, pero en el conjunto el manejo económico resulta favorable.
La inseguridad nacional por la operación del narcotráfico y el crimen organizado es el lado flaco hasta el momento del ejercicio gubernamental, no por falta de acción del gobierno federal, pues, al contrario, es en esta área donde Calderón ha echado toda la carne al asador, sino por la naturaleza misma de un problema que por distintas causas ha crecido enormemente, por la relativa falta de preparación y coordinación (y sobra de corrupción) en los múltiples cuerpos policiacos de los tres órdenes de gobierno, y por la relativa desidia del gobierno estadunidense en la persecución de los capos de la droga, los contrabandistas de armas y los lavadores de dinero. Esta situación estaría cambiando con el impulso a la modernización, depuración y equipamiento tecnológico de las corporaciones policiacas y con el nuevo enfoque, menos injerencista, de la Iniciativa Mérida.
Pero el presidente tendría que darse más tiempo. Su protagonismo (y quizá la tensión a la que han de estar sometidos los asesores que le preparan tantos y tan largos discursos) lo pone en riesgo de asumir posiciones inconvenientes en ocasiones. Por ejemplo, en el caso de sus múltiples alocuciones acerca de la lucha contra el crimen organizado, Calderón repite sin cesar su afirmación de que “Sabíamos desde el principio que sería una batalla larga y difícil, que costaría tiempo, recursos económicos y por desgracia vidas humanas, como ha ocurrido” (así dijo en la inauguración del Centro de Mando de la Policía Federal, el lunes pasado). ¿Conviene que un dirigente de una guerra o una lucha mencione el costo evidente: que los guerreros van a morir? No lo parece; sería mejor que el mensaje hiciera énfasis en que la lucha sin cuartel contra el crimen incluirá cada vez mejores métodos de protección a jueces y policías contra la corrupción y las venganzas criminales, objetivo que debería ser también el núcleo del mensaje dirigido a estimular la denuncia formal de los delitos, para evitar el problema de la vulnerabilidad en que queda el denunciante.
De todas maneras, tampoco parece adecuado que el jefe del Estado promueva personalmente la denuncia o peor, la delación, por parte de “vigilantes”. En todo caso, correspondería a un funcionario subalterno resaltar la clara responsabilidad de todos en la sociedad de no ser cómplices por omisión de información de ningún crimen, con la seguridad de la protección correspondiente.
Con mayor tiempo disponible, el Presidente tendría la oportunidad de contribuir con las diferentes fuerzas sociales a armar bien las estrategias para meter al orden republicano, con la ley en la mano, a dirigentes sindicales, y a gobernadores, extraviados o corruptos. Para meter al orden de la competencia a las corporaciones monopólicas. Con los dirigentes de su partido, darle al PAN un sentido de unidad y de preparación para acordar con otros partidos los apoyos en el Congreso y de la opinión pública a sus iniciativas de gobierno —sin campañitas de monitos o de espots superficiales. El reemplazo de Santiago Creel en la coordinación panista del Senado puede haber sido necesario, pero si persiste el folclorismo o la inconsecuencia política del nuevo líder (publicitar su intención de dividir al PRI para la aprobación de la reforma energética) no ayudará mucho.
Con mayor tiempo para sí, no se verá obligado el Presidente, en sus conferencias de prensa con dignatarios extranjeros (Ángela Merkel) a tenerlos de espectadores forzados de sus diálogos con periodistas mexicanos sobre asuntos internos de nuestro país.
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