lunes, 21 de julio de 2008

Sí a la cooperación con China, pero...


La Crónica. Lunes 14 de julio de 2008.
Después de su participación en la reunión del G-13 en Japón, y a poco menos de 20 meses de su toma de posesión, el presidente Felipe Calderón realizó esta semana una visita de Estado a la República Popular China, donde desarrolló un intenso programa de trabajo, incluida una reunión con su homólogo el presidente de China, Hu Jintao, así como con el presidente de la Asamblea Popular Nacional, Wu Banggu, y con el primer ministro, Wen Jiabao (encuentros realizados después de escrito este comentario). En Shanghai, la capital económica de China, inauguró un seminario de inversiones y negocios de empresarios chinos y mexicanos, y otros encuentros para promover las relaciones económicas con ese país.
Además de su frecuente y demasiado optimista discurso que hace recaer en la reforma petrolera, y sólo en ésta, todas las virtudes para la transformación económica y social de México, fue evidente el propósito del presidente Calderón de presentar a México ante sus audiencias chinas como un destino privilegiado para invertir y una plataforma idónea para entrar al Continente Americano. Sin embargo, aquí también recayó en la falsa perspectiva de competir negativamente con otros países latinoamericanos, al señalar que “hay países en otras partes del mundo, y particularmente en América Latina, que no quieren inversión global, y la expulsan o la expropian” y, aunque “los respetamos”, “nosotros sí queremos la inversión global, y si hay empresas (chinas) que pensaban invertir en otras naciones, pero esas naciones no son hospitalarias para la inversión, tienen que saber que en México son bienvenidas y que protegeremos sus derechos”. ¿Qué necesidad tiene nuestro país de una instancia así, tan impolítica?
Sí, es claro que México, situado en un cruce internacional de caminos en medio de dos océanos, está en la mejor capacidad de desarrollar fuertemente las relaciones económicas con países de Asia y Oceanía. Pero con China (y la India, que en el 2030 tendrá más población que China), habrá que hacerlo con mucho cuidado, con visión estratégica, pues dichas naciones representarán el desafío mayor para el mundo en su conjunto en los próximos 25 años por la altísima capacidad de competencia que están demostrando. Como informó el Presidente en su viaje, las compras y ventas a China ya suman, en 2007, 31,687 millones de dólares y México es ya el segundo mayor socio comercial de China en América Latina. Pero hay que recordar que todavía ese comercio está desequilibrado a favor de China en una proporción de 10 a 1.
A las masivas exportaciones directas de productos chinos, a precios sumamente bajos, se agrega que los dos gigantes asiáticos están desarrollando al máximo la capacidad de outsourcing, es decir, la transferencia a sus territorios de importantes segmentos de las cadenas productivas, como el procesamiento de datos y los call centers, la programación de computadoras, diseño ingenieril, operaciones de contabilidad y finanzas, diagnósticos médicos y hasta cirugías a distancia. La presión demográfica para exportar su propia mano de obra calificada es descomunal, así como su demanda de recursos naturales y materias primas disponibles en las reservas del mundo para sostener su espectacular ritmo de crecimiento. Desde el año 2000, China tan sólo, sin considerar la India, es responsable de un tercio del aumento en el consumo mundial de petróleo, lo que incide por supuesto en sus incontenibles aumentos de precio (además de otros factores, claro). En la última década, la participación de China en el consumo de metales global saltó del 10% al 25%.
Es bueno que haya más inversiones extranjeras, y chinas en particular, pero ¿en cuáles sectores, con qué propósitos, con qué beneficios tecnológicos además de la inversión? No sería conveniente para desplazar valiosas inversiones ya establecidas (los bancos, un ejemplo) ni solamente para desarrollar operaciones de maquila final de ensambles chinos ni para asumir simplemente el control de codiciados yacimientos de minerales o fuentes de otros recursos naturales escasos, o en infraestructura para asumir el control de terminales marítimas, aéreas o terrestres (como la construcción del principal puerto de aguas profundas en México, que se levantaría en Punta Colonet, Baja California), ni para propiciar la emigración de gerentes o trabajadores chinos a un saturado mercado mexicano de trabajo que no da fuentes de empleo suficientes para nuestros nacionales.
En su visita, el presidente Calderón reconoció que para muchos productores de México será difícil enfrentar la competencia con China, pero señaló las oportunidades que deben aprovecharse. La estrategia de política exterior de México deberá entonces estar muy atenta para ir manejando consecuentemente nuestra relación con China (y la India), aprovechando una negociación bilateral firme y de amplia visión para que en esa relación se apoye menos en el desequilibrio de comercio con nuestro país, haga hincapié en la colaboración tecnológica y el fortalecimiento de los lazos culturales entre estos dos gigantes en la materia, así como explotando activamente las opciones multilaterales que se abran con China en el Grupo de los 13. México puede aprovechar también los nichos de oportunidades que se le presenten en el Mecanismo de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC).
Con todo, es muy probable que la economía de México, su modelo y tasas de crecimiento, permanezcan más cerca de Estados Unidos que de China. Por muchas razones, también la política exterior de México permanecerá más próxima de Estados Unidos que de China, cuando el equilibrio en la arena mundial dependerá en mucho en las próximas décadas de la forma en que estos dos últimos países manejen su relación estratégica (con India como factor de equilibrio) y cómo resuelvan los problemas y fricciones que se puedan presentar en diversas regiones, para empezar en Irán, y también en África, sin descontar potenciales conflictos en América Latina.

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