lunes, 21 de julio de 2008

Romper los candados

La Crónica. Viernes 18 de julio de 2008
Un libro reciente trata de explicar por qué aun en las democracias se escogen malas políticas (The Myth of the Rational Voter, Bryan Caplan, Princeton University Press, 2007). Sucede que si bien en las democracias “los votantes típicamente favorecen las políticas que ellos perciben de interés para su nación, esto no es causa de optimismo democrático”, ya que los electores no disciernen si lo que les presentan los políticos es efectivamente de interés general, y así los políticos tienen un fuerte incentivo a hacer o proponer lo que es popular, pero con muy poco interés en los resultados. Cualquier semejanza con nuestra realidad es pura coincidencia.
¿Es posible superar aquí y ahora esa realidad? Creo que sí, pues no soy de los que piensan que una crisis de mayores proporciones está en puerta en México. Con dificultades, pero el país avanza, aunque a un ritmo insuficiente y a veces desesperante, que no satisface las expectativas de los mexicanos y obliga a miles a emigrar a otras tierras en busca de una mejor vida.
Pero sí me parece claro también que estaríamos en uno de esos momentos cruciales en los que se necesita visión y determinación de todos los actores sociales para romper los candados que no permiten a México dar el estirón definitivo como país integrado política, económica y socialmente, como país libre y soberano, democrático y justo.
Esos candados, he mencionado, tienen que ver con los problemas de gobernanza, la inseguridad y la corrupción y una estructura económica relativamente ineficiente y con proliferación de actividades redundantes e improductivas, por un lado dominada por grandes intereses y, por el otro, con una miríada de pequeños negocios atrasados tecnológicamente.
La falta de resultados del sistema de gobierno es lo que parece más evidente. Sí, hemos avanzado; es más democrático y transparente que hace 15 ó 30 años, pero está fallando fuertemente en los beneficios que ofrece; la acción de gobernar debería ser mucho más fluida y predecible, con menos impacto en los escándalos diarios, más beneficiosa en la producción de bienes y servicios.
Cambiamos pero a una nueva estructura política exclusivista, con fuertes candados a la acción y participación ciudadanas. Con las mejores intenciones de alejar el poder del dinero de la política, lo que se podría haber logrado de muchas otras formas, el Congreso irreflexivamente metió al artículo 41 de la Constitución la prohibición de que las personas contraten espacios de radio y televisión a fin de opinar sobre partidos o candidatos, y restringió la libertad de expresión. También confirmó la no validez de las candidaturas independientes.
Se asegura así el dominio de la acción política a tres grandes partidos, involucrados en las más absurdas contradicciones. El PAN, atrapado entre una extrema derecha caciquil, a pesar de su apariencia democrática, que no se moderniza y no quiere aceptar las instituciones o prácticas probadas, como el Estado laico o la eventual intervención del gobierno en la economía, y una derecha que podríamos llamar “ciudadana”, hipócrita, que se dice mártir de poderes fácticos pero que olvida en cualquier momento las aspiraciones de su origen, y ambas con proclividad a la corrupción de practicar fuertemente el tráfico de influencias. La moderación de centro-derecha sobrevive con trabajos.
Del PRD, ¿qué se puede decir?: un partido que nació con la noble aspiración de regenerar la democracia en México, metido en un pantano por un caudillo que se reputa El Único Salvador de la Patria y, peor, de increíble manera hace que sus seguidores crean lo mismo, por lo que toda acción política, de todos, debe estar a su servicio; partido con el clientelismo y el corporativismo como armas preferidas de control, querellante y con la corrupción que también lo permea.
El PRI, añorando glorias pasadas, con diferentes liderazgos que, con variadas artimañas, persiguen cada uno su propio juego para el 2012, pero que por ello no logran presentar una plataforma programática coherente que modernizara la tradición socialdemócrata que existió en importantes segmentos de ese partido.
Esto lleva a un Congreso de “representantes” sumamente cojo, donde no se negocia, pues eso sería “transa”, que ha pretendido disminuir aún más las atribuciones del presidente hasta dejar las de adorno, a pesar de que el poder que indudablemente le ha ganado el Legislativo no produce resultados, pues se diluye en la politiquería y la no rendición de cuentas.
En el gobierno del presidente Calderón, a 19 meses de su inicio, se conjugan dos realidades. Pudo superar con tino y sin demasiados sobresaltos políticos o económicos el desafío de AMLO, perdedor que no se atuvo a la institucionalidad vigente y quiso imponer sus propias reglas; logró también enfilar al país por la senda del crecimiento prudente, en medio de una crisis económica estadunidense y un entorno mundial desfavorable. Pero de unos meses para acá este gobierno parece haber llegado a su nivel de incompetencia, con un gabinete en el que dominan las imágenes: un secretario de Gobernación ineficaz, que trata temas nacionales en mangas de camisa adornada con bordados de publicidad gubernamental; un superficial director del Cisen que busca justificar con argumentos comprometedores para el gobierno el otorgamiento mediante tráfico de influencias de un contratito de espionaje; unos secretarios de Economía o de Energía que brillan por su ausencia o grisura, o el presidente de su partido y el expresidente guerreando entre sí ferozmente.
Seguridad y economía. A dos años de su elección, el gobierno del presidente Calderón ha debido meterse de lleno a la agenda de seguridad debido al embate del narcotráfico, lo que distrae atención y recursos a las agendas económica y social, y aun la política.
Estamos, pues, ante una inédita y desafortunada combinación que amenaza la gobernanza del país, la fallida forma de operar de los actores políticos; la “burbuja” criminal que obliga a que el esfuerzo de gobierno, al menos del gobierno federal, se canalice prioritariamente al combate a la delincuencia, sin que hasta el momento se haya logrado desinflarla y controlarla, pues la cifra de ejecutados en el sexenio se eleva ya a más de cinco mil y, finalmente, la amenaza de crisis económica, debido principalmente a contradictorios factores externos como el alza del precio del petróleo o los alimentos, pero también porque el gobierno no está siguiendo los propios consejos del presidente Calderón de “dejar atrás el miedo, la mediocridad y el temor de realizar los cambios que necesita el país para que México pueda ser distinto y mejor”, como dijo al abanderar a los deportistas de la delegación mexicana a Beijing.
¿Qué incluye, entonces, la hoja de ruta para romper los candados que paralizan al país? Partidos políticos mucho más responsables y menos politiqueros; sólidos, pero sin demérito de libertades básicas ni del impulso a una mayor participación ciudadana. Urgente atención de toda la sociedad al combate a la delincuencia. ¿No sería hora ya de que el Congreso organizará una Consulta Nacional Sobre el Crimen Organizado?
Esa hoja de ruta incluiría que el gobierno entre de lleno a una política de promoción de la inversión productiva y a acelerar la ejecución de infraestructura, evitando que los beneficios sean acaparados por monopolios u oligopolios; que la reforma petrolera sea una verdadera reforma energética en que además de la transformación productiva de Pemex y la correlativa modernización fiscal contemple el uso de fuentes renovables y un programa nacional de ahorro de energía, sobre todo en transporte, y rediseño de productos y procesos. También convertir los riesgos en oportunidades: si bien el alza del precio de los alimentos aviva la inflación y puede ocasionar desabastos de artículos necesarios, pudiera también ser el elemento que está haciendo falta a los productores marginados del campo para obtener mayores ingresos y salir en definitiva de la postración y exclusión económica y social.
Si todos estos elementos en juego se combinan adecuadamente, el resultado de esa sinergia podría ser espectacular, pues reconduciría a la economía mexicana por la senda del crecimiento acelerado, lo que a su vez contribuiría fuertemente a apagar la burbuja criminal, al ofrecer atrayentes alternativas de empleo mejor remunerado a millones de personas.
Pues sí, parece la hora de las definiciones para el presidente Calderón.

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